Diálogo entre el Filósofo y Tomás de Aquino: Versión Canónica Máxima


I. El encuentro

No hay sensación de llegada. El espacio ya está en silencio, ya preparado para la reflexión. Se asemeja a un claustro solo en su quietud, no en su arquitectura. Nada avanza; nada se retira. La atmósfera no está vacía, sino atenta, como si al pensamiento se le permitiera desplegarse sin urgencia.

Tomás de Aquino se mantiene sereno, no como alguien interrumpido, sino como quien está largamente habituado a la reflexión. Su compostura muestra las marcas de una cuidadosa distinción y de una paciencia intelectual cultivada. No se presenta como una autoridad que exige asentimiento, ni como un polemista preparado para la confrontación. Aparece, más bien, como alguien dispuesto a escuchar.

Frente a él se encuentra el Filósofo. Su postura no contiene desafío ni representación. Su atención es firme, sin prisa y libre de ambición. No hay indicio alguno de que busque conducir el intercambio hacia una conclusión. Espera, como si la verdad misma fuera algo que debe permitirse manifestar.

El silencio entre ambos no está vacío. Despeja el terreno.

Cuando el Filósofo finalmente habla, no lo hace para afirmar una tesis, sino para reconocer una orientación compartida: que la verdad no se aprehende por la fuerza, sino que se aproxima con contención. Aquino responde con sencillez que la razón no se debilita al reconocer sus límites. Se vuelve más clara.

Comienzan sin afirmación y sin jerarquía.

II. Ser, existencia e inteligibilidad

La primera cuestión concierne a la inteligibilidad. El mundo aparece estructurado, abierto a la comprensión más que resistente a ella. Pero ¿esa estructura es intrínseca a la realidad o impuesta por la mente que intenta comprenderla?

La inteligibilidad, responde Aquino, pertenece al ser en cuanto tal. Si algo es, no es pura indeterminación. Posee una naturaleza, una forma, algún principio por el cual es lo que es y no otra cosa. Por eso puede ser conocido.

Sin embargo, la comprensión permanece parcial. Las mentes discrepan, vacilan, revisan. El Filósofo pregunta si esta inestabilidad sugiere que la inteligibilidad no está plenamente presente en las cosas mismas.

La limitación, explica Aquino, no reside en el ser, sino en el conocedor. El intelecto recibe lo que está allí; no proporciona la medida. Pero recibe según su propio modo. Los intelectos finitos avanzan mediante conceptos, distinciones y juicios. El error no surge porque el ser oculte su inteligibilidad, sino porque el intelecto la aprehende de manera incompleta.

El Filósofo pregunta si el intelecto funciona más como una lámpara que ilumina la realidad o como un ojo que recibe una luz ya presente. Aquino prefiere la segunda imagen. El intelecto está ordenado hacia la verdad, no como su origen, sino como su receptor. Ese orden explica tanto la posibilidad del conocimiento como el peligro del exceso de confianza.

La atención se dirige entonces a la distinción entre esencia y existencia. La esencia responde a qué es una cosa; la existencia responde a que es. La esencia puede comprenderse mediante la definición. La existencia se afirma mediante el juicio, al reconocer que una naturaleza dada está efectivamente instanciada y no es meramente concebible.

En las cosas creadas, la esencia no incluye la existencia. No forma parte de lo que una cosa es el hecho de que deba ser. La existencia es recibida. Esta recepción implica dependencia, no solo en un punto de origen, sino de manera continua. La dependencia no se agota en el comienzo temporal. Si algo no contiene en sí mismo la razón de su ser, permanece en dependencia, sea visible u oculta.

Surge la pregunta clásica: ¿por qué hay algo en lugar de nada? Aquino evita la retórica. La nada no explica nada; no ofrece ninguna razón del ser. Pero la cuestión más profunda no es solo que algo exista, sino que lo que existe aparezca ordenado. Incluso la duda presupone coherencia para poder expresarse.

El Filósofo pregunta si este orden se descubre o se proyecta. Aquino responde que el apetito del intelecto por la verdad es en sí mismo revelador. Los apetitos naturales corresponden a realidades: el hambre al alimento, la sed al agua. La orientación del intelecto hacia la inteligibilidad sugiere que esta se encuentra más que se inventa. Sin embargo, el apetito indica dirección, no consumación. No justifica una certeza prematura.

La inteligibilidad, entonces, es real pero no exhaustiva. Invita a la investigación. Al mismo tiempo, resiste la posesión. En este punto, ambos coinciden.

III. Las Cinco Vías — demostración o clarificación

Cuando las Cinco Vías entran en el diálogo, lo hacen sin polémica. La cuestión no es si derrotan a los escépticos, sino qué tipo de trabajo filosófico realizan.

Si por prueba se entiende una compulsión válida con independencia de la disposición intelectual, dice Aquino, entonces pocos argumentos filosóficos califican como tales. Pero si prueba significa mostrar que ciertos rasgos de la experiencia implican principios más profundos, entonces las Cinco Vías cumplen precisamente esa función.

No revelan la esencia divina. Indican que la razón, cuando reflexiona cuidadosamente sobre el movimiento, la causalidad, la contingencia, la gradación y el orden, es conducida más allá de lo inmediatamente dado.

El movimiento se considera primero. No solo el movimiento físico, sino el cambio como tal: la reducción de la potencia al acto. La potencia no puede actualizarse a sí misma. Esto no es una observación empírica, sino una comprensión metafísica. Si la potencia pudiera actualizarse por sí sola, ya sería acto en el aspecto relevante.

La cuestión no es si una serie temporal infinita es posible, sino si una serie esencialmente ordenada puede explicar la actualidad presente. Una cadena en la que cada miembro actúa solo en la medida en que es movido no puede explicarse a sí misma sin un primero que actúe sin ser movido en ese mismo sentido.

La causalidad eficiente sigue la misma estructura. Las causas que transmiten actividad solo al recibirla no pueden dar cuenta de la actualidad que comunican, a menos que exista una fuente que no reciba la causalidad del mismo modo.

La contingencia agudiza el problema. Los seres contingentes no contienen en sí mismos la razón suficiente de su ser. La multiplicación no elimina la dependencia. Un conjunto compuesto enteramente de seres que reciben la existencia sigue careciendo de explicación. Este punto lo articula Aquino en su Tercera Vía y lo profundiza mediante su distinción entre esencia y esse (acto de ser). Si la existencia siempre es recibida, debe haber una fuente de la cual se recibe. No como un ser entre otros, sino como existente en un modo distinto.

El argumento de los grados se aborda con cautela. No se trata de una clasificación de preferencias, sino de un argumento sobre perfecciones —verdad, bondad, nobleza— entendidas analógicamente. Hablar con sentido de más y menos presupone un máximo en el orden pertinente. Aquino lo concibe no solo como un límite, sino como la fuente y la medida de tales perfecciones. Insiste aquí en la contención, reconociendo la sutileza de la predicación analógica.

Siguen el orden y el gobierno. La direccionalidad es observable incluso donde la conciencia está ausente. Las cosas actúan hacia fines sin conocer esos fines. Esto no resuelve todas las cuestiones, pero socava la afirmación de que la inteligibilidad se impone desde fuera.

Consideradas en conjunto, las Cinco Vías no son armas. Son caminos. Aclaran sin coaccionar y protegen a la razón tanto de la desesperación como del exceso.

IV. Conocimiento de Dios y acceso humano

El diálogo pasa de la demostración al acceso. ¿Debe la conciencia de Dios provenir siempre del argumento?

La razón natural procede de los efectos a la causa. Esto no es un defecto, sino la condición del intelecto finito. Se puede saber que Dios existe sin saber qué es Dios. La afirmación no implica comprensión.

El argumento por sí solo puede producir seguridad sin profundidad. Es posible sostener proposiciones correctas permaneciendo superficial en el entendimiento. Aquino distingue la claridad intelectual de la postura moral y epistémica. La voluntad puede ayudar u obstaculizar al intelecto. La deshonestidad, la impaciencia y el orgullo distorsionan la visión; la disciplina y la contención la afinan.

Surge la sugerencia de que la comprensión puede, en ocasiones, seguir a la participación. Uno llega a ver con mayor claridad al vivir orientado hacia la verdad, y no solo al afirmarla. Aquino distingue cuidadosamente. El intelecto está ordenado a la verdad, la voluntad al bien, pero no están aislados. La razón prepara el terreno; no consuma aquello que queda más allá de su alcance.

V. Límites, humildad y la búsqueda de la verdad

Al ralentizarse el intercambio, ninguno busca una síntesis final. Se coincide en que la ignorancia es menos peligrosa que la certeza sin fundamento. El error surge con frecuencia no por falta de razonamiento, sino por exceso de extensión.

La sobreconfianza suele disfrazarse de celo por la verdad. Sin embargo, la verdad no requiere prisa. Las conclusiones sólidas soportan el escrutinio paciente; las insostenibles se vuelven más ruidosas bajo presión.

Cuando el tema es lo último, el final adecuado suele ser un límite. El silencio, cuando sigue a la claridad, no es evasión. Es precisión.

El diálogo termina donde comenzó: no con la posesión, sino con la orientación.